martes, 21 de abril de 2015

Palabras

Copyright @amylshariel (mi cuenta de Instagram)


Cuando la fuerza de mis palabras sobrevive al fuego y se niega a convertirse en cenizas.
Cuando la debilidad de mis palabras se impone al viento y renuncia a ser conducida por él.
Cuando el destino de mis palabras sea escrito por ellas, mis palabras... Supongo que entonces renaceré con toda mi gloria y sucumbiré al miedo y a la desesperación. Supongo que entonces seré capaz de luchar con todas las de la ley. Supongo que entonces encontraré aquello que ando buscando y que todavía desconozco. 
Hasta entonces solo seguirán siendo palabras.

Gato en la ventana

Desde mi ventana, veo la otra ventana. La que está en frente de la mía. En ella hay una mujer que se sienta delante de una mesa y escribe, supongo... No estoy segura porque siempre está de espaldas. Se pasa todo el tiempo ahí sentada, haciendo lo que sea que esté haciendo y no se cansa.
La señora tiene un gato, blanco y marrón claro, como anaranjado... El felino se pone en la ventana y me observa. Nos observamos mutuamente.
Yo pienso en todo tipo de cosas.
Él... no sé lo que piensa él. Humanos..., creo. No sé. Ni siquiera soy un gato.
El gato se pone en la ventana, he dicho; y el dichoso no tiene miedo de caerse. Será porque sabe que posee siete vidas o que sabe que sea cual sea la altura a la que un animal de su especie se precipite al vacío siempre aterrizará bien. ¿Sabéis por qué los gatos siempre caen "bien"? Por la cola. Córtale (no lo hagas) la cola a un gato y perderá toda su agilidad, flexibilidad y majestuosidad.
La cola lo es todo, sin ella no son nada.
Y yo siento que he perdido mi cola. Pero vuelve a crecer... me han dicho. Por eso lo observo. Por eso estoy allí cada vez que se asoma a la calle a admirar o a menospreciar (de nuevo: no sé qué es lo que pasa por la cabeza de un gato) a los humanos que hacen sus vidas a siete pisos de distancia.

miércoles, 1 de abril de 2015

Phoen: army of me

Stand up
you've got to manage
i won't sympathize
anymore

Phoen cae al suelo, arrastrada por la corriente helada, choca contra una lápida y reprime un grito. Levanta la cabeza justo en el momento en el que una nueva ráfaga de aire se disparada directa hacia ella y la esquiva a duras penas. Jadea, está cansada y le arden los músculos de todo el cuerpo y eso que la batalla acaba de empezar. Mira a su oponente, es un espíritu maligno de los que pueden tomar cualquier forma que se les antojase... argh, no recuerda su nombre ni nada más de sus habilidades; ahora entiende por qué Sebas se pasa todos los día pegado a los libros de texto... o algo así.
Suspira, decide acabar ya con todo esto. Sigue corriendo por el cementerio, esquivando los ataques de distancia del demonio, se esconde detrás del panteón de los Gautier y cierra los ojos. Nota que el aire se enfría a su alrededor, respira lenta y profundamente. 
Ahora ya lo siente, el poder se dispara desde lo más profundo de su ser, primero lentamente y después de golpe. Su cabello pierde su brillo rojizo y adquiere uno plateado que quema la goma que lo retiene y se eleva desafiando la ley de la gravedad.

You're allright
there's nothing wrong
self-sufficience please!
and get to work

—¡Ya es hora de divertirnos, Brisingr!— Sus ojos crepitan de la emoción.
Sale de detrás del panteón en el preciso momento en el que una bola de nieve lo destruye.
—Ay, jolines, me tocará a mí reconstruirlo. Maldito demonio, ¡me las pagarás!
—Vamos, Phoen, eso no es nada, concéntrate. No todos los días se mata a un demonio.
—Exacto, idiota. ¡Brisingr, ARDE!

You're on your own now
we won't save you
your rescue-squad
is too exhausted

Phoen corre lo más rápido posible directamente hacia el demonio, con la espada en mano derrite las bolas de nieve que le lanza su oponente. Quiere acabar de una vez por todas, Sebas se enfadará si no se presenta en cinco minutos a cenar. Salta dejando que una bola de nieve destroce otras tantas lápidas a su paso y salta dando un grito.

And if you complain once more
you'll meet an army of me

Aterriza sobre el monstruo que choca bruscamente sobre el suelo, saca a Brisingr de su pecho y como por arte de magia, el enorme demonio desaparece de debajo de sus pies. Envaina a la espada de cristal y su pelo y ojos vuelven a la normalidad. Se ríe con ganas hasta que escucha una voz a sus espaldas.
—Veo que te diviertes mucho, Phoen.
Oh, mierda, es Sebas. Se gira hacia él y sonríe avergonzada.
—Vale, vale. Lo sé, prometo arreglar todo esto— dice señalando a su alrededor.
Sebas la mira y levanta una ceja, expectante.
—Oh, vamos Sebas. ¿Que no ves los destr...?
Se queda muda al ver que todo está en su sitio, incluso el panteón de los Gautier está en pie y entero.
—Si has acabado tu turno de noche, vamos adentro que la cena está preparada.
Y tras esto, Sebas se dirije hacia la casita.
Phoen agarra fuerte su espada de madera y lo sigue, cabizbaja.
—Algún día me creerás, Sebas.
Éste la mira con dulzura y tras poner los ojos en blanco, le dice con una voz demasiado dulce para él.
—Cuéntamelo, entonces, pequeñaja.
Phoen comienza su asombroso relato de cómo ha conseguido derribar a un malvado demonio con la ayuda de su espada de cristal, Brisingr. En la zona más alejada de la verja, se halla una mancha negra que se evapora poco a poco con la luz de la luna y a su lado, los restos de lo que una vez fue una goma de pelo.

lunes, 30 de marzo de 2015

El elefante encadenado

Soy una fiel creyente de que no somos nosotros los que encontramos las cosas, sino que ellas nos encuentran a nosotros. Dichas cosas podrían ser de diversa índole: un libro, un relato, una canción, un objeto... todas ellas son como amuletos que aparecen de vez en cuando en nuestras vidas para recordarnos que no perdamos la esperanza, las ilusiones y que nuestros demonios están allí por algo. Nos amargan la vida por algo y que tarde o temprano hemos de aceptarlos y lo que es más: superarlos.
En estos días oscuros, el psicodramaturgo Jorge Bucay, autor de varias obras y relatos cortos cuya finalidad es instarnos a reflexionar, me ha encontrado en el vasto mundo de Internet y he sentido la necesidad de compartir uno de sus relatos con vosotros. 
Sin más dilataciones, os dejo leerlo tranquilamente y espero vuestros comentarios al respecto.

El elefante encadenado, obra de Jorge Bucay.

Cuando yo era pequeño me encantaban los circos, y lo que más me gustaba de los circos eran los animales. Me llamaba especialmente la atención el elefante que, como más tarde supe, era también el animal preferido por otros niños. Durante la función, la enorme bestia hacía gala de un peso, un tamaño y una fuerza descomunales... Pero después de su actuación y hasta poco antes de volver al escenario, el elefante siempre permanecía atado a una pequeña estaca clavada en el suelo con una cadena que aprisionaba una de sus patas.
Sin embargo, la estaca era sólo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en el suelo. Y, aunque la cadena era gruesa y poderosa, me parecía obvio que un animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su fuerza, podría liberarse con facilidad de la estaca y huir.
El misterio sigue pareciéndome evidente.
¿Qué lo sujeta entonces?
¿Por qué no huye?
Cuando tenía cinco o seis años, yo todavía confiaba en la sabiduría de los mayores. Pregunté entonces a un maestro, un padre o un tío por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no se escapaba porque estaba amaestrado.
Hice entonces la pregunta obvia: «Si está amaestrado, ¿por qué lo encadenan?».
No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente. Con el tiempo, olvidé el misterio del elefante y la estaca, y sólo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían hecho esa pregunta alguna vez.
Hace algunos años, descubrí que, por suerte para mí, alguien había sido lo suficientemente sabio como para encontrar la respuesta:
El elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy, muy pequeño.
Cerré los ojos e imaginé al indefenso elefante recién nacido sujeto a la estaca. Estoy seguro de que, en aquel momento, el elefantito empujó, tiró y sudó tratando de soltarse. Y, a pesar de sus esfuerzos, no lo consiguió, porque aquella estaca era demasiado dura para él.
Imaginé que se dormía agotado y que al día siguiente lo volvía a intentar, y al otro día, y al otro... Hasta que, un día, un día terrible para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino.
Ese elefante enorme y poderoso que vemos en el circo no escapa porque, pobre, cree que no puede. Tiene grabado el recuerdo de la impotencia que sintió poco después de nacer.
Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese recuerdo.
Jamás, jamás intentó volver a poner a prueba su fuerza...
Todos somos un poco como el elefante del circo: vamos por el mundo atados a cientos de estacas que nos restan libertad. Vivimos pensando que «no podemos» hacer montones de cosas, simplemente porque una vez, hace tiempo, cuando éramos pequeños, lo intentamos y no lo conseguimos. Hicimos entonces lo mismo que el elefante, y grabamos en nuestra memoria este mensaje: No puedo, no puedo y nunca podré.
Hemos crecido llevando ese mensaje que nos impusimos a nosotros mismos y por eso nunca más volvimos a intentar liberarnos de la estaca.
Cuando, a veces, sentimos los grilletes y hacemos sonar las cadenas, miramos de reojo la
estaca y pensamos:
No puedo y nunca podré.  

sábado, 28 de marzo de 2015

Cállate

Cierro los ojos; respirando metódicamente. No soporto el ruido. El ruido que hacen las cuerdas vocales con la ayuda del aire, los labios y etcétera. ¿Como pueden hablar... tan alto?
Molestan, me molestan.
-Qué te calles, pesao.
Suelto, gritando lo justo. No me gusta gritar pero si me ponen nervioso he de hacerlo, en momentos como estos está justificado. 
Los vuelvo a observar,  siguen con lo mismo, qué pesados...
Unos pensamientos o más bien  unas voces empiezan aflorar desde lo más hondo de mi mente y sé lo que quieren antes siquiera de manifestarlo de forma sigilosa porque tampoco soportan hablar. Qué pereza, tío...
Soy muy perezoso. Soy el tipo que siempre se siente en el rincón más alejado de la clase para pasar desapercibido y callarse; que observa todo lo que hacen los demás y qué pereza... 
Tampoco me gusta pensar. No sé ni por qué existo. Es todo muy... ridículo.
Levanto la cabeza y me encuentro con la cara de un compañero moviendo los labios, no sé lo que me está diciendo.
Asiento lentamente y reprimo mi coletilla "cállate" para decir un desganado acompañado con una mirada hacia el suelo donde puedo ver a mi padre gesticular de forma exagerada y disparando pequeñas gotitas de saliva que aterrizan en mi cara, cuello y hombros.
—Tierra llamando a Hassan—. Hassan es el nombre que me han impuesto en clase por ser tan moreno, alto, delgado... en definitiva, por tener esta apariencia extranjera, diferente.
Sigo mirando a mi compañero sin hacerle caso, solo puedo ver la cara de mi padre, que me sigue gritando. 
Se pasea de un lado a otro en la habitación, detrás de él está la foto de mi difunta madre. Y recuerdo cómo lo hizo él para callarla  cuando se ponía insoportable. Y ahora él está haciendo lo mismo que ella en aquel entonces: ponerse insoportable. Insoportable, tan jodidamente insoportable. 
Recuerdo que cerré los ojos y me moví sin hacerle caso a los gritos desesperados de mi padre. Recuerdo que finalmente se acabaron los malditos gritos y las puñeteras súplicas, también las maldiciones. Mi padre me maldijo, justo antes de morir, justo antes de matarlo con mis propias manos.
De pronto se me nubla la vista, mi compañero me mira raro, murmura algo, supongo que mi nombre. Y no soporto que lo haga.Quiero borrar de la faz de la Tierra mi nombre. Quiero eliminar al tipo que mató a su propio padre y quiero callar las voces.

Cállate.

domingo, 8 de marzo de 2015

Cuándo

Esta no es la típica historia que empieza como una mierda y acaba con final feliz, ni siquiera con final abierto para que el lector pudiera montar su propia conclusión, para que pudiera seguir albergando esos personajes en un lugar de su corazón, mente o espíritu y dejarlos vivir allí hasta el ultimo aliento de su miserable o sublime vida. No. Esta... esto no es siquiera el comienzo.
Porque vamos a ver... ¿cuándo empieza una historia? ¿Al nacer el o la bebé? ¿Al cumplir el primer año o el primer día? ¿Al conocer esa persona o al perderla? ¿Al casarse con ella o al acostarse pensando en ella? ¿O mucho antes...? Antes siquiera de que se produjera el milagroso momento en el que el espermatozoide más rápido fecunde al huevo, vago e inamovible. 
Vamos a ver, ¿alguien me lo dice? Os lo estoy preguntando: ¿cuándo? No es una pregunta retórica, no es una reflexión, no es para que lo penséis o que lo tengáis en cuenta. No. Es para responderme a mí, que no lo sé.
No lo sé.
Y me mata no saberlo.
¿Cuándo? Cuándo cuándo cuándo y cuándo...
Pero ¿acaso importa? ¿Acaso importa algo en esta vida?
No hace mucho vi Men, Woman and Children, una película que me pareció increíble en la que salían buenos actores cuyos nombres no recuerdo, solo recuerdo el de Ansel nosequé (porque es el actor de moda que interpretó Augustus Waters en Bajo la misma esrella y Caleb Prior en Divergente y próximamente en Insurgente), y en la que este Ansel nosequé decía más o menos algo así: todos sabemos que estamos formados por átomos que una vez estuvieron todos concentrados en un único punto que explotó—teoría del famoso Big Bang (no la serie, ojo)— y nos dio lugar a nosotros y toda la materia sea o no oscura que forma este inmenso universo y que tarde o temprano todo esto que conocemos volverá a condensarse en ese punto; por lo que nada importa. Así que pregunto yo: ¿de verdad importa saber cuándo comienza una historia o acaba?
Y... ¡diantres! Ya no sé qué más decir porque estoy perdida. Otra vez.
Lo que vengo a decir es que hay momentos en los que uno— o una— se siente vacío y pocos son los que lo gritan a los cuatro vientos (esto tiene gracia porque, ¿cómo saben  que existen cuatro vientos? ¿cómo han conseguido contarlos? y más preguntas que no paran de formarse y deshacerse en mi cabeza: los pensamientos ni se crean ni se destruyen, solo se transforman). Pocos somos los que poseemos este <<sexto sentido>>, que todos tenemos pero pocos lo hemos desarrollado. 
Si eres de los nuestros entenderás de qué va esto.
Si lo eres comenta esta mierda, porque es lo que es: simple mierda que escribo con la esperanza de llegar mucho más allá de una simple pantalla y que me haga sentir útil de alguna miserable o sublime forma.
Yo soy Shariel y aquí comienza mi historia.

martes, 24 de febrero de 2015

Phoen

Cielo azul y claro con el sol en lo alto del firmamento. Un tiempo idílico, a no ser por el ambiente que se respira en el cementerio, un sitio donde la alegría nunca tuvo ni tendrá lugar.
Una docena de personas, hombres y mujeres, con ropajes negros de luto se encuentran dispuestas en circulo alrededor de un ataúd que está a punto de ser enterrado. Todos lloran a su muerto a excepción de una persona, una mujer que sobresale del resto: vestida de blanco de los pies a la cabeza, cubierta con un velo. En sus ojos se advierte un gran pesar, de esos que te destrozan el alma en diminutos pedazos que se pierden entre la niebla de la desesperación. Sin embargo, se le ve entera.
Allá en el horizonte, se deja entrever un árbol solitario, sin hojas, en sus ramas se hallan expectantes unas cuantas aves negras como la noche: son cuervos, cuyos ojos rojos están llenos de una hambre enfermiza. Echan a volar espantados cuando de la nada surge un grito ensordecedor.
De vuelta en el cementerio, la mujer de blanco está manchada de barro, sangre fresca y un líquido incoloro.
Se están formando nubes negras en el claro cielo, tapando el sol y creando un ambiente nada acogedor. El viento empieza a aullar cada vez más fuerte y lleva consigo otro grito, el grito de la vida que va seguido del de la muerte.
El ataúd ya está enterrado y a su lado yace el cuerpo sin alma de la dama de blanco, a sus pies, una niña recién nacida llora desconsoladamente.

Años más tarde...

<<La gente teme los cementerios porque nunca ha estado en ellos con intención de quedarse>>.
Cierra el libro y piensa. Un rato después coge el teléfono móvil y manda un mensaje. Espera. El cacharro vibra, lo coge, sonríe y teclea rítmicamente una respuesta. Espera, se repite el mismo proceso. A la tercera vibración, reflexiona. Jo, qué difícil. Se le ocurre una tontería, la teclea y espera. "JAJAJAJAJAJAJA". Sonríe satisfecho. Deja el móvil a un lado, confirma que ha puesto la alarma y se vuelve a acurrucar debajo de las sábanas. Tarda media hora en conciliar el sueño. Sueña con una niña que llora.
En otra habitación, bastante lejos de la ciudad. Una chica mira risueña su móvil. Lo deja a un lado, se pone las botas de cuero y sale. Es noche cerrada, mucha gente estará durmiendo o si no, preparándose para dormir. Piensa en él. Sonríe otra vez pero en seguida se le borra la sonrisa. Ha captado un movimiento en el lado más alejado de la verja. Saca una goma de pelo de su bolsillo izquierdo y se recoge su cabellera escarlata en una cola de caballo. Se pone el abrigo negro de cuero. Empuña su espada de cristal. Susurra un nombre.
—¿Qué hacemos hoy, Phoen?— pregunta el aludido. 
—Lo que hacemos siempre, idiota. Divertirnos.
Y sale corriendo hacia el lado más alejado de la verja.